AVISPAS II

Las avispas desaparecieron con él. No me di cuenta hasta mucho tiempo después, semanas o meses, no sé. Cuando estás sumergida en un duelo los detalles cotidianos pierden forma y no pones atención a cosas que de otra manera te resultarían extrañas.

Las avispas estaban cuando me mudé y las tomé como se toman las cosas que ya están cuando uno llega: algo estable, permanente. Nunca las vi llegar, no las vi instalarse ni aparecer, con lo que, para mí, siempre habían estado. Era habitual para nosotros en aquel entonces andar alerta por el jardín. Por las dudas, por las avispas. La casa les pertenecía, y también un trocito de nosotros mismos, juntos y por separado. Si hubieran sido abejas, todo hubiera sido distinto. Las abejas están llenas de miel que es buena y rica y sana, con ese dorado que brilla al sol con destellos ambarinos y esa textura pegajosa que reta a meter los dedos en el frasco. Son hormigas con alas, obreras, zánganos. Tienen reina. Ningún bicho que libe puede ser malo del todo, porque libar es una palabra dulce, precisamente como miel o como la miel – algunos nombres son tan adecuados que no podrían ser otros -.  Si te dañan se mueren, cuando atacan se condenan. Se lo piensan dos veces.

Por el contrario, las avispas no. Ellas no producen, no dan. Atacan y quitan y su aguijón no se desprende. Se lo guardan para la próxima. Son hurañas, agresivas, vagabundas con colmenas como último refugio. Las avispas son avispas y nada más. Por culpa de ellas no pasaba mucho tiempo ahí afuera. Hubiera tolerado a las abejas, pero no el zumbido de las avispas, el mecanismo interno de una máquina de matar que no me mataba. Porque nunca me picó ninguna, y a él tampoco.

Ahora él se había ido y las avispas se habían ido con él. Era una tontería, claro. Cómo alguien iba a llevarse las avispas, cómo iba a hacerlas desaparecer con su ausencia. Era de esas comprobaciones empíricas que no se pueden demostrar, una asociación caprichosa basada en recuerdos. Ya no existía el riesgo de los aguijonazos ni del dolor, ni la picazón, no más miedo a la mancha roja. Debería haber sentido alivio y en cambio empecé a desear que volvieran. Ansiaba odiarlas, temerlas. Mientras tanto, compré una mesa de plástico con una silla a juego y las coloqué entre las malvas y las rosas chinas, justo en el centro. A la mesa le puse una maceta encima con una planta, una planta cualquiera. No soy buena para los nombres de las cosas que ni hacen ruido ni se mueven.

Empecé a llevar libros y café a la mesa de plástico al volver del trabajo, o los fines de semana, cada vez más, para conquistar poco a poco ese territorio negado. Salía, me sentaba, miraba alrededor y esperaba. Mi respiración se iba acompasando mientras leía. Escuchaba también, atenta. Esperaba oír la conocida vibración creciente que me obligara a defenderme, recogerlo todo con prisas y meterme por fin dentro de la casa. Creo que por eso puse la planta en el medio de la mesa, como un anzuelo de insectos, para ver si las flores blancas les llamaban la atención y volvían.

Pasó el tiempo. Al principio, muy despacio y de forma consciente y, más tarde, como una estela líquida, y me fui olvidando de que alguna vez habían estado ahí. Pasar las tardes en la parte de afuera de mi casa se transformó en una especie de ritual inconsciente. Vi arañas,  mariposas, bichos bola, libélulas y  hasta algún abejorro que pasó, revoloteó un rato y cruzó la medianera como si ahí no hubiera nada que fuera asunto suyo.

Mi piel blanquísima adquirió un tono que ya no era insulso y, progresivamente, la palidez cedió ante una especie de reflejo suave. Una tarde de calor me sentí con una fuerza inusual en mí, me desnudé y me coloqué en la silla, la diana perfecta. Me mostré vulnerable, expuesta, me ofrecí como carnaza para desafiarlas mientras el sol me cubría, me tomaba el color por completo, ámbar, dorado y dulce. Pero así tampoco acudieron. No vinieron a por mí.

Meses más tarde, un día frío y de lluvia me lo encontré por la calle. Yo salía de una tienda, distraída y a paso tranquilo, y él caminaba apurado, cubriéndose bajo los escasos salientes de las fachadas. Se detuvo de repente, con los ojos como platos, y me dijo en un susurro que me veía bien. Me preguntó si había estado de vacaciones. Le dije que no, pero no le conté nada sobre las avispas.

Las batallas son de cada uno y las victorias, aún más.

Una sonrisa y silencio le sirvieron de despedida.

#ele #hastaenprosa

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AVISPAS I

No sé si aguantaré mucho tiempo, si llegaré al final de este calor bueno en el que nací. El calor lo es todo, desconozco qué hay más allá. Nunca lo he vivido antes, no sabría afirmar si existe algo más a partir de mañana. Pero lo intento, yo voy al día.

Mi vida es tan nimia y errática como mi forma de volar en solitario, trazando polígonos inconclusos en el aire y cambiando de ritmo según lo exige mi zumbido interior. Tengo un motor dentro de mí, enfundado por finas capas de membrana elástica a rayas: el mejor disfraz para mis objetivos, una bomba de relojería.

Todo es nuevo a mi alrededor, aunque sólo me importan dos cosas: el agua y la carne en cada una de sus formas, opuestas y complementarias. La sed y el hambre. El agua en el lago, en los charcos, en las gotas que tiemblan colgando de los árboles; el agua a surcos verticales que cae desde el borde de esas jarras gigantescas, condensadas, o por la espalda de esos chicos ruidosos. Me decido, me acerco, y es que ellos no llevan las de ganar. Y aunque no doy nada, no aporto nada, quiero esas únicas dos excepciones que reclama mi cuerpo cansado. Ellos huelen mejor cuanto menos respeto las distancias, y eso me activa.

Nunca controlo mis ganas. Algo me atrae fuertemente hacia unas brasas donde diviso a varias de las mías: lo sé porque lucen mi mismo uniforme y las oigo vibrar como calderas enfurecidas.

La carne. La carne expuesta, atrincherada tras un humo negro que asfixia y que tendré que superar; la carne en esos platos grandiosos o en el bol de hojas verdes –puaj– con trocitos de jamón. Imito a mis camaradas, vamos todas a una. Arranco porciones de cuajo, huyo con ellas entre las patas y regreso a por más, flotando enfebrecida. Oh, la carne. No pienso, no entiendo, no siento. Tengo que conseguirla. Sorteo los obstáculos que se lanzan hacia mí –un periódico, una coleta-látigo, una mano rabiosa- y las corrientes de aire que éstos producen, y asalto poco a poco la comida, pedacitos de gloria.

Sin embargo, la oscuridad resumida en un golpe certero me aplasta hacia el suelo de pronto, sin más. Siento quebrarse mi esqueleto externo, hecho astillas. Malditos, me pillaron. He causado baja antes de conocer el frío, esto no lo perdono. Discurro lenta, perezosa, en forma de imágenes confusas al tiempo que noto que me apago pero oigo, orgullosa, el dolor inconfundible de un grito simultáneo al mío. Toda mi energía restante se materializa en mi aguijón retráctil y, mientras pierdo una a una mis constantes, me deshago en veneno inyectado a traición, que arde ya bajo la piel del incauto.

Si hay algo peor que morir antes de final de verano es, sin duda, claudicar.

Y yo, al menos, muero luchando.

#ele #hastaenprosa