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BÚNKER

Te tuve -nos tuvimos- en la palma de la mano. Siempre a medio vestir, ligeras las plantas desnudas sobre las baldosas de ajedrez de la cocina. No cualquiera, no la de cualquiera, sino la que fue tan nuestra durante siete meses.

¿Recuerdas? Ésa en la calle tranquila de la ciudad en la que ya no vives, ésa en la que hicimos fuerte durante aquel invierno.

Viniste a por helado la primera vez. Una buena excusa, la mejor de todas. Sentados frente a frente en el marco de una ventana, inauguramos la stracciatella chupando las cucharas, anclados por las retinas. Al patio colgaban las piernas desde el segundo, nuestro segundo, como al borde de una piscina de verano ya viejo.

Melosa ascendía tu voz entre las hojas de la fachada y, trepando, trepando, como las horas de aquella tarde, conseguiste que acabara sonriéndote in crescendo.

Del helado hicimos crema y, con ella, créme brûlée, que nos cargó una bala extra de azúcar en las gargantas. Por fin la tarde cuajó en noche, y aun sin aromas añadidos tu cuello olía a masa cruda de galleta; a canela y café vaporizado, la mañana siguiente. Y así, amarrados uno al otro entre esas cuatro paredes, de repente ya no supimos o quizás no quisimos parar.

Los vecinos nos oyeron, o nos vieron, qué sé yo. La ventana estaba abierta, no importó lo más mínimo, y a través de uffs y muacs ya no hubo más hambre. Encarnamos el exceso.

Una súbita marea se instaló entre nosotros y desde ahí, ya sabes, nos empapamos de otoño, nos encerramos en casa.

Jazz despeinado crepitaba en el tocadiscos y mullía de fondo recetas, palabras, el roce. Apenas nos alcanzaba, nos llegaba de muy lejos mientras ociosamente manchábamos todos libros de los estantes. Pero siempre lo encendías – hacías clic, no lo olvido – cuando el Cabernet Sauvignon corría y los mordiscos, también.

Lo que no mata engorda, y vinieron más tardes con sus noches, después; todo el placer, todo lo tierno, todo eso nos llegó. Sabías a roble de lima y a menta tras tus leves labios tibios; la fruta fresca era un jugo que nos chiflaba beber y así lo hicimos.

Y tanto que lo hicimos.

Rodando por el suelo casi al filo de la cordura, almibaramos el gris y la lluvia y la nieve y el hielo. Lo picábamos chiquito, dentro de copas de ding de cóctel para después masticarlo y que hiciera cracchas. Así como crujían tus dientes aferrándose a mi nuca, con tu aliento a mi espalda, silencioso, quedo, mientras removíamos una salsa bechamel que hiciera elásticos nuestros espaguetis trufados de mediodía. O como lamían las llamas la ¡mmmm! fondue mil quesos, bombardeada por pedacitos de pan tostado y flamante mermelada a la hora de la cena.

Ahora el invierno agoniza y el sol que asoma nos exige ayuno, sin tregua. Nos echan del piso, de nuestra cocina: nos sacan del búnker. Estoy a dieta contigo y también a dieta de ti, pero me queda que un día te tuve – nos tuvimos- en la palma de la mano. Siempre a medio vestir, ligeras las plantas desnudas sobre las baldosas de ajedrez de la cocina.

#ele #hastaenprosa

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DE CAPOTE A MURNANE

A sangre fría | In Cold Blood ( . . . ) Las llanuras | The Plains

Esperaba pero no ociosamente. Cuando Perry llegó al lugar donde se habría de construir el parador de caza, su padre, trabajando él solo, había dado ya fin a la tarea más pesada. El hoyo se abría a escasa distancia del tronco del nogal y, cavado minuciosamente, era como un fino trabajo de orfebrería.

Seguía en forma, el viejo. Iba a tener que agradecerle mucho cuando salieran de ésta, si es que salían. En fin, mucho más de lo que ya le debía: encargarse a solas de la pesada responsabilidad de criarlo y educarlo, de intentar por todos los medios darle algo mejor que lo que había tenido él; con firme voluntad al principio y, luego, casi desesperado. Pese a la falta de medios que los había marcado a ambos, él se había esforzado siempre, constante y, al final, ¿para qué? Para tener que aguantar las complicaciones de un hijo egoísta y desagradecido por el que había ido perdiendo a desconchones su juventud. Al pobre se le notaba en las manos callosas de trabajar en el campo a diario, en los valles del lateral de sus ojos pardos, profundos como quebradas. Justo ahí hacen mella los años -los años sólo no, claro. No seas cínico. También las broncas, las reglas rotas, el silencio, los gritos sueltos. Crecía amargamente un disgusto que había ido adueñándose de su rutina compartida, cada vez más inestable.

Ayer, pensó, había rematado al viejo. La visita inesperada de dos agentes de policía en su propia puerta, serios, solemnes, preguntando por su hijo al que llamaron asesino, ardía como ácido vertido entre los dos. Asesino, dijeron. Así, sin más. Casi escupieron la palabra hacia el interior del vestíbulo oscuro y frío de la casa familiar, provocando un eco estremecedor y esa sensación estremecedora de calor en la nuca que tanto conocía.

Y aun a pesar de todo, él hoy estaba ahí, como siempre. Echándole un cable inmerecido de colaboración criminal al error más grande de sus vidas, las de los dos.

En realidad, aunque lo intente recordar, no sabe por qué tuvo que matarla; simplemente, ella no quiso complacerle en un momento dado y eso le enfureció, le llenó de ira las venas de tal forma que, maldita sea, no hubo contención posible. Supo, sintió, se empapó de la convicción de que debía hacerlo. La intensidad se convirtió en el terrible golpe certero. Iluso desgraciado, ¿de verdad creía que me bastaría con convencerla para que posara con unos prados de fondo y mirara a cámara?

#ele #hastaenprosa

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BUROCRACIA

Sobre en mano, respiro deprisa, ascendente de escaleras. Me pone nerviosa parapetarme ante caras hoscas, cerradas, problemáticas, e intentar obtener algo de ellas. Sin ánimo de generalizar y salvo contadas excepciones, los de la oficina de correos son mi enemigo número uno.

Empujo la puerta giratoria y avanzo, mientras murmuro un padrenuestro al cuello de mi camisa, que no es más que un reflejo fugaz como reacción al miedo. Es irracional, lo sabes, pero aun así, la carta me tiembla sin piedad entre los dedos.

Tres tipos aguardan tras el mostrador, con vacío desinterés y sombras largas, puntiagudas, dirigidas hacia mí. Son las tres caras más tristes del mundo. Reúno todas las fuerzas que me quedan para aparentar cierto aire altivo, genio flamenco. “Éstos a mí no me amilanan”, pienso, pero es todo mentira. Mi corazoncito grita a golpes lo contrario, se desboca y me delata. Hace ya minutos enteros que mi autocontrol se desvaneció. Me noto impulsada por una violencia interna y desconocida, sangre que estalla contra mis sienes a intervalos y, por fases, me fallan  tobillos, rodillas, las piernas enteras, sin que yo pueda evitarlo.

Mi cuerpo cae sobre el suelo de azulejos claros a lo largo, como un drástico peso muerto. En mi palma yace, casi languidece la carta, que contiene los numerosos formularios cumplimentados de mi declaración anual de impuestos. Yo que acudía formalita y puntual a pagar el sueldo a quienes, qué ironía, ahora corren directos hacia mí con fiereza tan sólo para gritarme de usted que me levante, que qué locura, que está prohibido tumbarse ahí, tan sólo porque -y de esto estoy convencida- mi dramático desplome es lo único emocionante que va a pasarles en todo el mes.

#ele #hastaenprosa

AVISPAS II

Las avispas desaparecieron con él. No me di cuenta hasta mucho tiempo después, semanas o meses, no sé. Cuando estás sumergida en un duelo los detalles cotidianos pierden forma y no pones atención a cosas que de otra manera te resultarían extrañas.

Las avispas estaban cuando me mudé y las tomé como se toman las cosas que ya están cuando uno llega: algo estable, permanente. Nunca las vi llegar, no las vi instalarse ni aparecer, con lo que, para mí, siempre habían estado. Era habitual para nosotros en aquel entonces andar alerta por el jardín. Por las dudas, por las avispas. La casa les pertenecía, y también un trocito de nosotros mismos, juntos y por separado. Si hubieran sido abejas, todo hubiera sido distinto. Las abejas están llenas de miel que es buena y rica y sana, con ese dorado que brilla al sol con destellos ambarinos y esa textura pegajosa que reta a meter los dedos en el frasco. Son hormigas con alas, obreras, zánganos. Tienen reina. Ningún bicho que libe puede ser malo del todo, porque libar es una palabra dulce, precisamente como miel o como la miel – algunos nombres son tan adecuados que no podrían ser otros -.  Si te dañan se mueren, cuando atacan se condenan. Se lo piensan dos veces.

Por el contrario, las avispas no. Ellas no producen, no dan. Atacan y quitan y su aguijón no se desprende. Se lo guardan para la próxima. Son hurañas, agresivas, vagabundas con colmenas como último refugio. Las avispas son avispas y nada más. Por culpa de ellas no pasaba mucho tiempo ahí afuera. Hubiera tolerado a las abejas, pero no el zumbido de las avispas, el mecanismo interno de una máquina de matar que no me mataba. Porque nunca me picó ninguna, y a él tampoco.

Ahora él se había ido y las avispas se habían ido con él. Era una tontería, claro. Cómo alguien iba a llevarse las avispas, cómo iba a hacerlas desaparecer con su ausencia. Era de esas comprobaciones empíricas que no se pueden demostrar, una asociación caprichosa basada en recuerdos. Ya no existía el riesgo de los aguijonazos ni del dolor, ni la picazón, no más miedo a la mancha roja. Debería haber sentido alivio y en cambio empecé a desear que volvieran. Ansiaba odiarlas, temerlas. Mientras tanto, compré una mesa de plástico con una silla a juego y las coloqué entre las malvas y las rosas chinas, justo en el centro. A la mesa le puse una maceta encima con una planta, una planta cualquiera. No soy buena para los nombres de las cosas que ni hacen ruido ni se mueven.

Empecé a llevar libros y café a la mesa de plástico al volver del trabajo, o los fines de semana, cada vez más, para conquistar poco a poco ese territorio negado. Salía, me sentaba, miraba alrededor y esperaba. Mi respiración se iba acompasando mientras leía. Escuchaba también, atenta. Esperaba oír la conocida vibración creciente que me obligara a defenderme, recogerlo todo con prisas y meterme por fin dentro de la casa. Creo que por eso puse la planta en el medio de la mesa, como un anzuelo de insectos, para ver si las flores blancas les llamaban la atención y volvían.

Pasó el tiempo. Al principio, muy despacio y de forma consciente y, más tarde, como una estela líquida, y me fui olvidando de que alguna vez habían estado ahí. Pasar las tardes en la parte de afuera de mi casa se transformó en una especie de ritual inconsciente. Vi arañas,  mariposas, bichos bola, libélulas y  hasta algún abejorro que pasó, revoloteó un rato y cruzó la medianera como si ahí no hubiera nada que fuera asunto suyo.

Mi piel blanquísima adquirió un tono que ya no era insulso y, progresivamente, la palidez cedió ante una especie de reflejo suave. Una tarde de calor me sentí con una fuerza inusual en mí, me desnudé y me coloqué en la silla, la diana perfecta. Me mostré vulnerable, expuesta, me ofrecí como carnaza para desafiarlas mientras el sol me cubría, me tomaba el color por completo, ámbar, dorado y dulce. Pero así tampoco acudieron. No vinieron a por mí.

Meses más tarde, un día frío y de lluvia me lo encontré por la calle. Yo salía de una tienda, distraída y a paso tranquilo, y él caminaba apurado, cubriéndose bajo los escasos salientes de las fachadas. Se detuvo de repente, con los ojos como platos, y me dijo en un susurro que me veía bien. Me preguntó si había estado de vacaciones. Le dije que no, pero no le conté nada sobre las avispas.

Las batallas son de cada uno y las victorias, aún más.

Una sonrisa y silencio le sirvieron de despedida.

#ele #hastaenprosa

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AVISPAS I

No sé si aguantaré mucho tiempo, si llegaré al final de este calor bueno en el que nací. El calor lo es todo, desconozco qué hay más allá. Nunca lo he vivido antes, no sabría afirmar si existe algo más a partir de mañana. Pero lo intento, yo voy al día.

Mi vida es tan nimia y errática como mi forma de volar en solitario, trazando polígonos inconclusos en el aire y cambiando de ritmo según lo exige mi zumbido interior. Tengo un motor dentro de mí, enfundado por finas capas de membrana elástica a rayas: el mejor disfraz para mis objetivos, una bomba de relojería.

Todo es nuevo a mi alrededor, aunque sólo me importan dos cosas: el agua y la carne en cada una de sus formas, opuestas y complementarias. La sed y el hambre. El agua en el lago, en los charcos, en las gotas que tiemblan colgando de los árboles; el agua a surcos verticales que cae desde el borde de esas jarras gigantescas, condensadas, o por la espalda de esos chicos ruidosos. Me decido, me acerco, y es que ellos no llevan las de ganar. Y aunque no doy nada, no aporto nada, quiero esas únicas dos excepciones que reclama mi cuerpo cansado. Ellos huelen mejor cuanto menos respeto las distancias, y eso me activa.

Nunca controlo mis ganas. Algo me atrae fuertemente hacia unas brasas donde diviso a varias de las mías: lo sé porque lucen mi mismo uniforme y las oigo vibrar como calderas enfurecidas.

La carne. La carne expuesta, atrincherada tras un humo negro que asfixia y que tendré que superar; la carne en esos platos grandiosos o en el bol de hojas verdes –puaj– con trocitos de jamón. Imito a mis camaradas, vamos todas a una. Arranco porciones de cuajo, huyo con ellas entre las patas y regreso a por más, flotando enfebrecida. Oh, la carne. No pienso, no entiendo, no siento. Tengo que conseguirla. Sorteo los obstáculos que se lanzan hacia mí –un periódico, una coleta-látigo, una mano rabiosa- y las corrientes de aire que éstos producen, y asalto poco a poco la comida, pedacitos de gloria.

Sin embargo, la oscuridad resumida en un golpe certero me aplasta hacia el suelo de pronto, sin más. Siento quebrarse mi esqueleto externo, hecho astillas. Malditos, me pillaron. He causado baja antes de conocer el frío, esto no lo perdono. Discurro lenta, perezosa, en forma de imágenes confusas al tiempo que noto que me apago pero oigo, orgullosa, el dolor inconfundible de un grito simultáneo al mío. Toda mi energía restante se materializa en mi aguijón retráctil y, mientras pierdo una a una mis constantes, me deshago en veneno inyectado a traición, que arde ya bajo la piel del incauto.

Si hay algo peor que morir antes de final de verano es, sin duda, claudicar.

Y yo, al menos, muero luchando.

#ele #hastaenprosa