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NON È STABILE, A CALDER

quizás ya hemos estado aquí antes

en esta misma habitación blanca 

en esta misma jungla indómita

mirando juntos a través 

de esta misma ventana

y quizás

-quién sabe-

viendo lo mismo. 

que mis ciento ochenta grados

sean tus ciento ochenta grados

como mi espalda y tu pecho

con mi mejilla y tu cuello

coinciden

corpóreos

en energía y espacio

y describen dos planos

firmes, equilibrados

que tiernos se (con)funden 

que libres se intersecan 

en un eje, ese eje

que aquel día hicimos nuestro

en un verano mordido

de cinética lluviosa. 

que la gravedad se ahuyente

imantados uno al otro

aferrados con firmeza

a nuestra línea de tierra,

y me quede aquí contigo

y tú, aquí conmigo

asomándonos juntos

y, quizás, 

viendo lo mismo. 

#ele #hastaenprosa

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DE CAPOTE A MURNANE

A sangre fría | In Cold Blood ( . . . ) Las llanuras | The Plains

Esperaba pero no ociosamente. Cuando Perry llegó al lugar donde se habría de construir el parador de caza, su padre, trabajando él solo, había dado ya fin a la tarea más pesada. El hoyo se abría a escasa distancia del tronco del nogal y, cavado minuciosamente, era como un fino trabajo de orfebrería.

Seguía en forma, el viejo. Iba a tener que agradecerle mucho cuando salieran de ésta, si es que salían. En fin, mucho más de lo que ya le debía: encargarse a solas de la pesada responsabilidad de criarlo y educarlo, de intentar por todos los medios darle algo mejor que lo que había tenido él; con firme voluntad al principio y, luego, casi desesperado. Pese a la falta de medios que los había marcado a ambos, él se había esforzado siempre, constante y, al final, ¿para qué? Para tener que aguantar las complicaciones de un hijo egoísta y desagradecido por el que había ido perdiendo a desconchones su juventud. Al pobre se le notaba en las manos callosas de trabajar en el campo a diario, en los valles del lateral de sus ojos pardos, profundos como quebradas. Justo ahí hacen mella los años -los años sólo no, claro. No seas cínico. También las broncas, las reglas rotas, el silencio, los gritos sueltos. Crecía amargamente un disgusto que había ido adueñándose de su rutina compartida, cada vez más inestable.

Ayer, pensó, había rematado al viejo. La visita inesperada de dos agentes de policía en su propia puerta, serios, solemnes, preguntando por su hijo al que llamaron asesino, ardía como ácido vertido entre los dos. Asesino, dijeron. Así, sin más. Casi escupieron la palabra hacia el interior del vestíbulo oscuro y frío de la casa familiar, provocando un eco estremecedor y esa sensación estremecedora de calor en la nuca que tanto conocía.

Y aun a pesar de todo, él hoy estaba ahí, como siempre. Echándole un cable inmerecido de colaboración criminal al error más grande de sus vidas, las de los dos.

En realidad, aunque lo intente recordar, no sabe por qué tuvo que matarla; simplemente, ella no quiso complacerle en un momento dado y eso le enfureció, le llenó de ira las venas de tal forma que, maldita sea, no hubo contención posible. Supo, sintió, se empapó de la convicción de que debía hacerlo. La intensidad se convirtió en el terrible golpe certero. Iluso desgraciado, ¿de verdad creía que me bastaría con convencerla para que posara con unos prados de fondo y mirara a cámara?

#ele #hastaenprosa

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BUROCRACIA

Sobre en mano, respiro deprisa, ascendente de escaleras. Me pone nerviosa parapetarme ante caras hoscas, cerradas, problemáticas, e intentar obtener algo de ellas. Sin ánimo de generalizar y salvo contadas excepciones, los de la oficina de correos son mi enemigo número uno.

Empujo la puerta giratoria y avanzo, mientras murmuro un padrenuestro al cuello de mi camisa, que no es más que un reflejo fugaz como reacción al miedo. Es irracional, lo sabes, pero aun así, la carta me tiembla sin piedad entre los dedos.

Tres tipos aguardan tras el mostrador, con vacío desinterés y sombras largas, puntiagudas, dirigidas hacia mí. Son las tres caras más tristes del mundo. Reúno todas las fuerzas que me quedan para aparentar cierto aire altivo, genio flamenco. “Éstos a mí no me amilanan”, pienso, pero es todo mentira. Mi corazoncito grita a golpes lo contrario, se desboca y me delata. Hace ya minutos enteros que mi autocontrol se desvaneció. Me noto impulsada por una violencia interna y desconocida, sangre que estalla contra mis sienes a intervalos y, por fases, me fallan  tobillos, rodillas, las piernas enteras, sin que yo pueda evitarlo.

Mi cuerpo cae sobre el suelo de azulejos claros a lo largo, como un drástico peso muerto. En mi palma yace, casi languidece la carta, que contiene los numerosos formularios cumplimentados de mi declaración anual de impuestos. Yo que acudía formalita y puntual a pagar el sueldo a quienes, qué ironía, ahora corren directos hacia mí con fiereza tan sólo para gritarme de usted que me levante, que qué locura, que está prohibido tumbarse ahí, tan sólo porque -y de esto estoy convencida- mi dramático desplome es lo único emocionante que va a pasarles en todo el mes.

#ele #hastaenprosa

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CALAS

Girar en las sábanas

jueves, algo tarde,

rendijas de sol,

calor, cama ajena.

Alzarse resuelta

tap tap hacia el baño

percibir ese blanco

que no brilla, hiere.

Nacen en los ojos,

caen hacia el suelo.

nunca esas baldosas

se mojaron tanto.

Volverme invisible,

hacerlo consciente,

incluir laberintos

en mis quehaceres.

Azul, plata y cromo

frente a espejos tibios,

reflejos que inciden

en segundos

pendientes.

Los grifos abiertos,

fluir como ella

mareas de peces

tras las tuberías

y en ellas, lirios,

dentro, todo agua,

libélula alada

y saladas lágrimas.

Lo siento, bonita,

las calas no llegan

para ti

hoy al estudio.

caer | cama | azul |espejo |percibir | sábana | sol | blanco
estudio | calas | plata |peces | baño| girar | libélula

#ele #hastaenprosa

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FLESH & BLOOD

No sé si aguantaré mucho tiempo, si llegaré al final de este calor bueno en el que nací. El calor lo es todo, desconozco qué hay más allá. Nunca lo he vivido antes, no sabría afirmar si existe algo más a partir de mañana. Pero lo intento, yo voy al día.

Mi vida es tan nimia y errática como mi forma de volar en solitario, trazando polígonos inconclusos en el aire y cambiando de ritmo según lo exige mi zumbido interior. Tengo un motor dentro de mí, enfundado por finas capas de membrana elástica a rayas: el mejor disfraz para mis objetivos, una bomba de relojería.

Todo es nuevo a mi alrededor, aunque sólo me importan dos cosas: el agua y la carne en cada una de sus formas, opuestas y complementarias. La sed y el hambre. El agua en el lago, en los charcos, en las gotas que tiemblan colgando de los árboles; el agua a surcos verticales que cae desde el borde de esas jarras gigantescas, condensadas, o por la espalda de esos chicos ruidosos. Me decido, me acerco, y es que ellos no llevan las de ganar. Y aunque no doy nada, no aporto nada, quiero esas únicas dos excepciones que reclama mi cuerpo cansado. Ellos huelen mejor cuanto menos respeto las distancias, y eso me activa.

Nunca controlo mis ganas. Algo me atrae fuertemente hacia unas brasas donde diviso a varias de las mías: lo sé porque lucen mi mismo uniforme y las oigo vibrar como calderas enfurecidas.

La carne. La carne expuesta, atrincherada tras un humo negro que asfixia y que tendré que superar; la carne en esos platos grandiosos o en el bol de hojas verdes –puaj– con trocitos de jamón. Imito a mis camaradas, vamos todas a una. Arranco porciones de cuajo, huyo con ellas entre las patas y regreso a por más, flotando enfebrecida. Oh, la carne. No pienso, no entiendo, no siento. Tengo que conseguirla. Sorteo los obstáculos que se lanzan hacia mí –un periódico, una coleta-látigo, una mano rabiosa- y las corrientes de aire que éstos producen, y asalto poco a poco la comida, pedacitos de gloria.

Sin embargo, la oscuridad resumida en un golpe certero me aplasta hacia el suelo de pronto, sin más. Siento quebrarse mi esqueleto externo, hecho astillas. Malditos, me pillaron. He causado baja antes de conocer el frío, esto no lo perdono. Discurro lenta, perezosa, en forma de imágenes confusas al tiempo que noto que me apago pero oigo, orgullosa, el dolor inconfundible de un grito simultáneo al mío. Toda mi energía restante se materializa en mi aguijón retráctil y, mientras pierdo una a una mis constantes, me deshago en veneno inyectado a traición, que arde ya bajo la piel del incauto.

Si hay algo peor que morir antes de final de verano es, sin duda, claudicar.

Y yo, al menos, muero luchando.

#ele #hastaenprosa