HOGAR

Lo que más odio de los lunes es el dolor en los dedos al abrir un nuevo paquete de leche. Eso y el aire denso de la casa sin ventilar mezclado con el esmalte de uñas. Por las mañanas ando medio dormido y aún no tengo fuerzas, mientras la lámina metálica se me escurre una y otra vez de entre las yemas. Sólo de pensarlo se me revuelve el estómago.

Antes no llegaba al estante más alto de la nevera, donde ella guarda lo que trae a veces de la tienda, y por eso cambié de sitio el taburete, para poder escalar y dejar el brick otra vez en su sitio. Si no, ella se daría cuenta y se enfadaría como algunas noches, cuando pasa del silencio al grito, se levanta y se pone roja y brillante como una cerilla. Sé que sí, se enfadaría, aunque en realidad ya no entiendo muy bien por qué: el resto de la casa hace mucho que está desordenado y la cocina se lleva la peor parte, con huellas y cercos húmedos por todos lados.

El otro día tuve que poner unas cuantas toallas en el suelo para que empaparan el agua que sale de debajo del congelador, y ahora es pegajoso caminar sobre ellas. Intento no pisarlas. Las patas del taburete nadan en un charco de agua naranja y, enfrente, los platos se acumulan en el fregadero. No quedan tazas ni cuencos limpios.

A veces me pongo un poco triste en la cocina y sólo puedo pensar en Nina. Yo he aprendido a beber directamente de los envases sin derramar nada, pero Nina me preocupa.

Antes tenía un vasito azul claro con boquilla que era su preferido y en él conseguía que por lo menos se tomase el desayuno o un poquito de zumo de vez en cuando sin montar un escándalo. Siempre lo enjuagaba y lo escondía en el cajón de las servilletas para ponerle la leche al día siguiente, pero hace ya un tiempo que no lo encuentro. Desapareció de repente, creo que se me olvidó guardarlo un día. Ahora debe estar hundido en algún lugar de la montaña de platos y me da miedo buscarlo allí por si se caen y alguno se rompe. Podría cortarme, que ya pasó una vez, y ella también se enfadaría. Se enfadaría muchísimo, lo sé, así que ahora intento que Nina, como yo, se acostumbre poco a poco a beber del brick. Suele temblar un poco al acercar sus labios a la apertura cuando le doy de beber, e intenta sacar la lengua y ponerla en forma de U alrededor del tapón. Me hacen gracia sus mejillitas rosas cuando hace eso, aunque la jugada no siempre nos sale bien. Muchas veces aún se mancha y tengo que volver a subir para cambiarla.

Antes la he sacado de la cuna y le he puesto un vestidito crudo que le sienta muy bien. Tiene unas cuantas arrugas grandes pero al menos está limpio. Le he cepillado el pelo y le he hecho una trenza porque un día me dijo que, si no, le molesta el pelo en el cole.

Al fin y al cabo es lunes. Lunes por la mañana, y afuera suena ya el óxido del claxon. Con mi manga le limpio los restos de leche de la barbilla y cerramos cuidadosamente la puerta a nuestra espalda. Salimos de casa y echamos a andar juntos hacia el autobús por el camino.

Le aprieto fuerte la manita.
Aún tenemos por delante toda la semana.