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DE CAPOTE A MURNANE

A sangre fría | In Cold Blood ( . . . ) Las llanuras | The Plains

Esperaba pero no ociosamente. Cuando Perry llegó al lugar donde se habría de construir el parador de caza, su padre, trabajando él solo, había dado ya fin a la tarea más pesada. El hoyo se abría a escasa distancia del tronco del nogal y, cavado minuciosamente, era como un fino trabajo de orfebrería.

Seguía en forma, el viejo. Iba a tener que agradecerle mucho cuando salieran de ésta, si es que salían. En fin, mucho más de lo que ya le debía: encargarse a solas de la pesada responsabilidad de criarlo y educarlo, de intentar por todos los medios darle algo mejor que lo que había tenido él; con firme voluntad al principio y, luego, casi desesperado. Pese a la falta de medios que los había marcado a ambos, él se había esforzado siempre, constante y, al final, ¿para qué? Para tener que aguantar las complicaciones de un hijo egoísta y desagradecido por el que había ido perdiendo a desconchones su juventud. Al pobre se le notaba en las manos callosas de trabajar en el campo a diario, en los valles del lateral de sus ojos pardos, profundos como quebradas. Justo ahí hacen mella los años -los años sólo no, claro. No seas cínico. También las broncas, las reglas rotas, el silencio, los gritos sueltos. Crecía amargamente un disgusto que había ido adueñándose de su rutina compartida, cada vez más inestable.

Ayer, pensó, había rematado al viejo. La visita inesperada de dos agentes de policía en su propia puerta, serios, solemnes, preguntando por su hijo al que llamaron asesino, ardía como ácido vertido entre los dos. Asesino, dijeron. Así, sin más. Casi escupieron la palabra hacia el interior del vestíbulo oscuro y frío de la casa familiar, provocando un eco estremecedor y esa sensación estremecedora de calor en la nuca que tanto conocía.

Y aun a pesar de todo, él hoy estaba ahí, como siempre. Echándole un cable inmerecido de colaboración criminal al error más grande de sus vidas, las de los dos.

En realidad, aunque lo intente recordar, no sabe por qué tuvo que matarla; simplemente, ella no quiso complacerle en un momento dado y eso le enfureció, le llenó de ira las venas de tal forma que, maldita sea, no hubo contención posible. Supo, sintió, se empapó de la convicción de que debía hacerlo. La intensidad se convirtió en el terrible golpe certero. Iluso desgraciado, ¿de verdad creía que me bastaría con convencerla para que posara con unos prados de fondo y mirara a cámara?

#ele #hastaenprosa

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