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AVISPAS I

No sé si aguantaré mucho tiempo, si llegaré al final de este calor bueno en el que nací. El calor lo es todo, desconozco qué hay más allá. Nunca lo he vivido antes, no sabría afirmar si existe algo más a partir de mañana. Pero lo intento, yo voy al día.

Mi vida es tan nimia y errática como mi forma de volar en solitario, trazando polígonos inconclusos en el aire y cambiando de ritmo según lo exige mi zumbido interior. Tengo un motor dentro de mí, enfundado por finas capas de membrana elástica a rayas: el mejor disfraz para mis objetivos, una bomba de relojería.

Todo es nuevo a mi alrededor, aunque sólo me importan dos cosas: el agua y la carne en cada una de sus formas, opuestas y complementarias. La sed y el hambre. El agua en el lago, en los charcos, en las gotas que tiemblan colgando de los árboles; el agua a surcos verticales que cae desde el borde de esas jarras gigantescas, condensadas, o por la espalda de esos chicos ruidosos. Me decido, me acerco, y es que ellos no llevan las de ganar. Y aunque no doy nada, no aporto nada, quiero esas únicas dos excepciones que reclama mi cuerpo cansado. Ellos huelen mejor cuanto menos respeto las distancias, y eso me activa.

Nunca controlo mis ganas. Algo me atrae fuertemente hacia unas brasas donde diviso a varias de las mías: lo sé porque lucen mi mismo uniforme y las oigo vibrar como calderas enfurecidas.

La carne. La carne expuesta, atrincherada tras un humo negro que asfixia y que tendré que superar; la carne en esos platos grandiosos o en el bol de hojas verdes –puaj– con trocitos de jamón. Imito a mis camaradas, vamos todas a una. Arranco porciones de cuajo, huyo con ellas entre las patas y regreso a por más, flotando enfebrecida. Oh, la carne. No pienso, no entiendo, no siento. Tengo que conseguirla. Sorteo los obstáculos que se lanzan hacia mí –un periódico, una coleta-látigo, una mano rabiosa- y las corrientes de aire que éstos producen, y asalto poco a poco la comida, pedacitos de gloria.

Sin embargo, la oscuridad resumida en un golpe certero me aplasta hacia el suelo de pronto, sin más. Siento quebrarse mi esqueleto externo, hecho astillas. Malditos, me pillaron. He causado baja antes de conocer el frío, esto no lo perdono. Discurro lenta, perezosa, en forma de imágenes confusas al tiempo que noto que me apago pero oigo, orgullosa, el dolor inconfundible de un grito simultáneo al mío. Toda mi energía restante se materializa en mi aguijón retráctil y, mientras pierdo una a una mis constantes, me deshago en veneno inyectado a traición, que arde ya bajo la piel del incauto.

Si hay algo peor que morir antes de final de verano es, sin duda, claudicar.

Y yo, al menos, muero luchando.

#ele #hastaenprosa

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